Sus dolores comenzaron con la salida del sol y todavía ahora, a la caída del día, Zuri seguía sufriendo. Por muchas historias que hubiese escuchado sobre aquel momento provenientes de su madre, hermanas, tías o primas, jamás pensó que fuera posible soportar suplicio semejante. A esas alturas, intuía que aquello no iba bien. Todas le habían alertado de que la estrecha distancia entre sus caderas no ayudaría a traer al mundo a un hijo. Eso le hizo sentirse estigmatizada desde el inicio de su matrimonio. Ahora comprobaba que las mujeres de su pueblo, asentado en el condado keniata de Lamu, tenían razón, ella no servía para ser madre.

Típicas casas en la ciudad antigua de Lamu. Al fondo, el mar.

Pero, si así era, ¿a qué se iba a dedicar? Entre contracción y contracción vislumbró un futuro en el que sería rechazada por la comunidad, pero sobre todo por el marido, que probablemente la repudiaría por no perpetuar la estirpe, la única misión de la mujer en su tribu. Zuri le había intentado convencer de lo bien que vendría a su economía familiar que ella trabajase en una fábrica textil de los aledaños. Pero él, su amo y señor, no le había dado alas para hacerlo.

De repente, notó como su cuerpo soltaba un líquido acuoso que empapó el plástico que cubría su cama. ¿Había llegado ya la hora del parto? Todas las mujeres que se encontraban en la diminuta habitación comenzaron a alborotarse pronunciando “Ni kuja, ni kuja”, expresión suajili para decir que algo se aproxima.

A pesar de que sus dolores se incrementaron, Zuri, experimentó algo así como una victoria. ¿La rotura de aguas significaba que todavía tenía alguna posibilidad de ser madre? Quiso creer que sí y aguantó sin gritar durante tres horas más. Sin embargo, lo hizo con todas sus fuerzas cuando vio que la partera desenvolvía el papel que cubría a la pequeña cuchilla que, estoica y pacientemente, había estado esperando intervenir desde primera hora de la mañana.

No cabía duda, ese era su fin, Zuri, no soportaría que le abriesen sus adentros. Se libró de la ablación porque nació suajili, pero de haberlo hecho en la tribu de los masáis no habría tenido esa suerte. Su amiga Nailois fue víctima de esa tortura tres años atrás y todavía hoy sufría sus secuelas.

Madres masáis con sus hijos. Sobre los 15 años de edad, las mujeres de esta tribu sufren ablación.

 

Zuri había imaginado que también podría eludirse de una episiotomía. Si no hubiera pensado eso habría dado a luz en un hospital y no entre las enclenques pareces de su ruinosa casa. A medida que la vieja comadrona aproximaba la afilada hoja a sus partes íntimas, ella recordó que tanto su madre como su suegra solo habían visto impedimentos en que su nieto naciese en un hospital. Las malas experiencias de otras mujeres del clan no beneficiaban a que Zuri se mostrase en desacuerdo. Tampoco las cinco horas en barco que separaban su poblado del hospital más próximo, en la isla de Lamu, ni los costes de los cuidados médicos, que supondrían una lacra a los frugales ingresos familiares.

Con todo, al final, no tuvo más remedio que resignarse a que se utilizase su casa de paritorio. Aunque, sabía que, si la incisión en el periné era muy grande, al día siguiente, cansada y dolorida, tendría que emprender el viaje al hospital para que un médico cosiese su herida.

Entre todos esos miedos se escuchó un fuerte llanto y una frase que determinaría la posteridad de su bebé, “ni msichana” pronunció la partera. Aquello sonó como una maldición entre las asistentes, pero Zuri, para llevarle la contraria al destino sobre la vida de su hija, añadió “la llamaré Faraha –felicidad en suajili-“.

Las mujeres suajilis dan la bienvenida a sus bebés ofreciéndole un poquito de miel rebajada en agua para que la chupe. Además le pintan los ojos y la frente de negro con wanda, para evitar que alguien le pueda echar mal de ojo.

El cuidado de madres y bebés, una asignatura pendiente en Kenia

Existe un grave problema con respecto a la salud materno-infantil en Kenia: La tasa de mortalidad de las madres es de las más altas del mundo. Sólo el 44% de los partos son atendidos por personal sanitario especializado, aunque esa cifra baja al 15% en Lamu. Allí la tasa de mortalidad materno-infantil asciende al 8%, siendo el 10% de ese índice durante el embarazo, el 65% durante el parto y el 25% restante por complicaciones posteriores al parto.

Con el objetivo de combatir esos altos índices se creó el proyecto Maternity Home de la ONG Afrikable, iniciativa de la que nos hablan de sus creadoras en este otro post:

“Desde la llegada de Afrikable a Lamu, Kenia, las madres se han empoderado y están siendo las dueñas de sus propias vidas”

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