Llevaba meses preparándose para ese día, pero aun así, Alberto se levantó asustado. Apenas pegó ojo en toda la noche y estaba de un humor de perros. Todo empezaba mal. Todavía no se había bajado de la cama y su rutina diaria ya estaba rota. Estaba acostumbrado a dormir nueve horas diarias, 540 minutos o 32.400 segundos, y aquella vez el nerviosismo le dejó contabilizar apenas 100 minutos de sueño. Se tapó la cabeza con las sábanas, pero sabía que esta vez su madre no le consentiría que huyese a su mundo. Había que pisar realidad.

“Alberto, tú eres muy fuerte. Lo superarás y te reirás de tus temores”, le había repetido una y mil veces ella a sabiendas de que el verbo reír no lo conjugaba bien su niño.

Así que sin esperar a que Emilia invadiese su habitación, él por fin se desplazó hasta el cuarto de baño. Como siempre hacía, y mientras se desprendía de su pijama, dejó el grifo correr hasta que dio con la temperatura adecuada. El agua de la ducha calmaba su ansiedad, pero como dictaba su rígido programa, no podía excederse más de 10 minutos en esa actividad y los  cronometró como un árbitro. Los hábitos que repetiría después y en este orden le llevarían otros 600 segundos: secarse, vestirse, peinarse, ponerse los zapatos, comprobar si en su bolso estaba Yo, Robot de Isaac Asimov, mirarse al espejo, comprobar si en su bolso estaba Yo, Robot de Isaac Asimov, echarse colonia y comprobar si en su bolso estaba Yo, Robot de Isaac Asimov.

Fórmulas matemáticas©Robert Scarth

Su madre, que le esperaba en la cocina, le hizo conectar con el presente mediante un sonoro: “Buenos días, Alberto. ¿Estás listo?”.

Por supuesto que no estaba preparado, personas como él nunca lo estaban para afrontar un cambio como ese en su vida. Tenía que dejar atrás los miedos aprehendidos y las angustias venideras. Sus piernas le temblaban y sus brazos aleteaban. Su madre quiso levantarse para darle un abrazo, pero ella sabía que lejos de tranquilizar a su hijo, aquél gesto le pondría más histérico.

La falta de contacto era insoportable para Emilia. Era como si cada vez que sentía la necesidad de besar o estrechar a su hijo en sus brazos ambos fueran colocados en mundos paralelos. Y aquella separación dolía, pero solo a ella. Alberto no lo sentía.

El adolescente se sentó a la mesa e intentó desayunar. Pero, su torpeza casi le impide llevarse algo a la boca. Derramó el colacao recién hecho y tiró una tostada al suelo, aunque no cayó por el lado de la mantequilla. ¿Sería eso un buen augurio? Ese pensamiento le libró de su furia. Al cabo de un rato se dirigió de nuevo al cuarto de baño y mientras cepillaba sus dientes comprobó que lo hacía durante dos minutos exactos, que es lo que recomiendan los odontólogos. Su pelo seguía mojado, pero nunca utilizaba secador. Hace años que Alberto obligó a su madre a deshacerse de ese infernal aparato cuyo sonido le provocaba ataques de pánico. Lo malo venía cuando tenía que usar un baño público, los evitaba a toda costa. ¿Y si había conseguido librarse de eso porque no lo intentaba también con el lugar al que hoy se dirigía? No, ya estaba todo dicho, su mente no le podía bloquear, además como siguiese con esa diatriba llegaría tarde y eso sería para él una auténtica catástrofe, así que firme, hierático, salió de la casa y se montó al coche.

Adolescente leyendo©Ben White

Nada más ponerse al volante, Emilia dejó sonar la Sinfonía de los Juguetes de Mozart, una melodía que ponía de buen humor a Alberto. A diferencia de los chicos de su edad, a su hijo nunca le había interesado la música actual, huía de reguetones y de ritmos de baile que no podía seguir porque carecía completamente de ritmo. Andar sin parecer un pingüino era ya un trabajo arduo para Alberto como ya para contornearse al son de Maluma. En cambio, adoraba a los grandes maestros de la música clásica y podía pasarse horas y horas en su habitación escuchándolos a todo volumen. Según sus excompañeros de clase ese hecho en sí ya era un buen motivo para considerarle un bicho raro.

Sin quererlo, ese recuerdo le trajo a la cabeza otros detalles de la pesadilla que vivió en su primer colegio, donde los que él consideraba amigos no entendieron que él fuera especial, diferente. Durante el trayecto se acordó de que toda la clase se reía de su voz, un tanto aguda para ser un chico, y de que por eso odiaba hablar en público. Recordó cómo se mofaban de sus explicaciones y de su incomprendido entusiasmo por las clases de Matemáticas, y del mutismo del profesor que parecía incordiado por un niño tan pedante. También le vino a su mente la vez en la que las páginas del libro Fundación de su autor favorito, Isaac Asimov volaban en forma de barquitos por el patio del colegio. Ese día, tras no obtener ninguna respuesta de alivio por parte del director del centro le propinó un puñetazo al compañero que creyó responsable de la purga. Le expulsaron una semana, pero el verdadero castigo vino después.

Grupo de jóvenes©Justin Eisner

Empezaron a llamarle “Aspie” en relación a su condición, cosa que a él, lejos de importarle, veía como un indicativo de que por fin tenía amigos.

Cuando se reincorporó a clase, ocurrió algo verdaderamente sorprendente para él. Aquellos que nunca habían querido acercarsele comenzaron a sentarse a su lado y a intercambiar gustos y aficiones. Parecían incluso mostrar interés por sus preferencias y dialogaban sobre ciencia ficción, materia en la que Alberto era un verdadero erudito. Empezaron a llamarle “Aspie” en relación a su condición, cosa que él, lejos de importarle, veía como un indicativo de que por fin tenía amigos. Al fin y al cabo, todos tenían motes. Sabía que gente como él a veces sufría eso que su madre llamaba bullying, pero ahora estaba seguro de que a él nunca le ocurriría.

Y llegó un día en el que todos quedaron para leer y comentar la obra de Asimov. En sus once años de vida, Alberto no había sido tan feliz como entonces y en su cabeza no podía fraguarse lo que le esperaba. Sus cinco amigos y él quedaron a la salida de clase  y cuando ya no quedaba nadie alrededor, “Aspie” recibió una brutal paliza. Entre patadas, puñetazos, golpes en la cabeza sonaban sin cesar insultos como anormal, maniático, sabelotodo, patizambo o loco, y eran las palabras las que le provocaban mayor dolor. Eso y el haber sido traicionado.

Tras meses de terapia, Emilia por fin consiguió que su hijo abandonase su habitación para comenzar desde cero en otro colegio donde la condición que presentaba Alberto iba a ser mejor comprendida. El chaval encontró en el nuevo centro un respaldo mayor, tanto por parte de profesores como de alumnos, que parecieron captar desde el principio que la diferencia no te hace ni mejor ni peor persona.

Allí estudió durante dos años, sin embargo se avecinaba otro cambio crucial para él. La elección del centro de educación secundaria y enfrentarse a viejos traumas. ¿Cómo iban a recibirle sus nuevos compañeros? ¿Volvería a ser objeto de mofas y burlas por su forma de hablar y de andar? ¿Encontraría amigos fieles y leales como él mismo era? ¿Sería capaz de desplazarse por el colegio sin perderse?

Estaba a punto de descubrirlo. Su madre apagó el motor del coche y él sacó el plano que se había aprendido de memoria desde que se inscribió en el colegio.

“Puedo ir contigo, cariño. Seguro que nadie se extraña de que algún padre acompañe a su hijo el primer día de clase”, propuso Emilia.

“Ni hablar mamá. Esto lo tengo que hacer solo, si no, no me lo perdonaré. Forma parte de mi camino hacia esa completa autonomía de la que todos habláis”, sentenció Alberto.

Se bajó del coche y con andar solemne se dirigió hasta la puerta del instituto, pensar en que dentro de nada iba a ser invadido por el color verde de su aula le dotaba de un valor indescriptible.

Mientras, bajo las gafas de sol de su madre comenzaran a brotar lágrimas, mitad de orgullo mitad de tristeza. Ella sabía que ese no sería el cambio más difícil que tendría que asimilar una persona con síndrome de Asperger como su hijo Alberto. Ese era tan solo el inicio de su temida madurez.

 

“Ni hablar mamá. Esto lo tengo que hacer solo, si no, no me lo perdonaré. Forma parte de mi camino hacia esa completa autonomía de la que todos habláis”

 

 

Alberto no existe, existen muchos Albertos. Este relato está escrito en homenaje a todas aquella personas cuya condición de “diferentes” les aleja de una existencia semejante a la de los no considerados “especiales”. Nacidos con una serie de barreras de comunicación y carentes de empatía, lo que para mí podría considerarse como un sexto sentido, en su camino encuentran además numerosos obstáculos colocados por los que sí están dotados de emociones. Ojalá que a partir de este Día Internacional del Síndrome del Asperger entre todos seamos capaces de despejar su ruta hacia el futuro.

En esta otra entrada sobre el tema, el educador social Rubén Solana nos cuenta como es su día a día con adolescentes con Asperger.

 

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