“Rezo por abandonar este campo antes de que mi hija cumpla cinco años. Ella todavía no ha conocido la felicidad”

Cuando parece que la paz ha llamado por fin a las puertas de Alepo, Hasan Toubal aparta sus ojos de la ciudad que lo vio nacer y dirige su mirada hacia Europa. Ahora su futuro va encadenado al bienestar de su hija. Reconoce, no sin tristeza, que después de cuatro años lejos de su tierra –ha vivido en Turquía y en tres campos de refugiados en Grecia-, nada va a devolverlo ya allí. Atrapado en la carpa de Tesalónica se desespera viendo los días pasar sin que nadie encuentre un reasentamiento en Europa para su familia y se lamenta pensando en que está quemando el futuro de su pequeña Jehan. En un perfecto inglés nos responde a las preguntas que le hacemos sobre su tortuosa travesía vital.

C.E.: Hasan, ¿a qué te dedicabas antes de que comenzase la guerra en tu país?

H.: Tenía una pequeña fábrica en la confeccionaba ropa junto a mis tres hermanos. La guerra se inició en 2011 y mis padres y hermanos decidieron dejar la ciudad para trasladarse a un pueblo cercano, al que yo no me marché porque no encontré residencia.

C.E.: ¿Qué hecho motivó que dejases Siria?

H.: El conflicto se intensificó, especialmente en Alepo, donde mi esposa, Tulin, y yo vivíamos con miedo a los misiles, a los aviones de combate y a las bombas. Y un día, en 2012, ella me dijo que estaba embarazada. Se puso de parto una noche a las dos de la madrugada y en el trayecto hacia el hospital íbamos muertos de miedo porque temíamos encontrarnos con francotiradores. Una vez allí respiramos, pero las condiciones eran infrahumanas. No había electricidad y hacía mucho frío. Cuando Tulin, dio a luz, ella, mi hija y yo permanecimos una semana en Alepo. Después, nos marchamos al pueblo donde residía mi familia e intentamos subsistir para evitar peligros, pero nos quedamos sin dinero. No teníamos siquiera para comprar leche del bebé, así que decidí huir de allí.

C.E.: ¿Cómo fue tu experiencia en Turquía?

H.: Mi padre me prestó dinero y viajé solo hasta allí, donde conseguí trabajo por un mes y obtuve lo suficiente para volver a Siria a por mi familia y desplazarme de nuevo a Turquía. Allí permanecimos durante tres años, pero lo pasamos muy mal. Aunque yo estaba enfermo, tenía que trabajar durante largas jornadas para sobrevivir y no tenía la opción de ir a ningún hospital. Los cuidados eran muy caros y nosotros no disponíamos de ninguna ayuda del gobierno turco. Somos kurdos y con el tiempo me di cuenta de que mi familia y yo no estábamos a salvo en Turquía. Los días iban pasando y mi hija iba creciendo. Como kurda, Jehan no tenía derecho a asistir al colegio. Yo me había quedado ya sin futuro, pero no se lo podía negar a ella.

Hasan no se separa ni por un momento de su hija, que nació cuando se intensificó el conflicto bélico en Siria.

C.E.: Así que decidiste salir del país…

H.: Sí y puede decirse que vi muy de cerca a la muerte. Durante el trayecto de Turquía a Grecia, el motor del barco en el que íbamos hacinados dejó de funcionar y permanecimos siete horas en el mar. Mi esposa estaba lejos de mí y mi hija dormía en mis brazos… Me sentía impotente, no podía hacer nada. Finalmente nos salvaron los guardacostas griegos, que nos dejaron en Lesbos, desde donde nosotros nos dirigimos hasta Atenas.

C.E.: Pero en la capital de Grecia iniciaste un nuevo periplo, ¿no es así?

H.: Lo es. Allí nos encontramos con unos contrabandistas a los que pagamos para que nos llevaran hasta la frontera con Macedonia. Sabíamos que nos exponíamos a que traficasen con nuestros órganos o a que nos matasen para robarnos el dinero pero a pesar de eso, viajamos con ellos hasta lo que nosotros denominábamos como la “puerta a Europa”. Sin embargo, después de tres meses viviendo con otros 8.000 refugiados en unas condiciones deleznables esperando a que se abriese la frontera o a que la propia Europa nos diese una solución digna, el campo de Idomeni se desalojó. Así que en mayo de este año tuvimos que iniciar un nuevo periplo, esta vez más corto. Desde entonces vivimos en el campo de refugiados de Tesalónica.

C.E.: ¿Y cómo son allí las cosas?

H.: Aquí la situación no es mucho mejor que en Idomeni. Ahora llevamos 15 días sin electricidad. Durante la noche, la oscuridad es total y yo no puedo dormirme, temeroso de lo que pueda pasar. Hace tres días hubo fuego en los alrededores del campo. Necesitamos seguridad. No recibimos nada del gobierno griego y hasta que no transcurrieron tres meses desde nuestra llegada no llegó ningún tipo de ayuda. Entonces, la Cruz Roja Suiza nos ofreció algunos servicios, como instalar un pequeño mercado en el campo, donde los refugiados podíamos proveernos de verduras, aceite y otros alimentos.

C.E.: ¿Qué otras ONG están prestando asistencia en Tesalónica?

H.: Médicos Sin Fronteras brinda ayuda psicológica los martes y miércoles de cada semana. Yo estuve yendo a terapia durante dos meses. Hablar sobre lo que te preocupa es bueno, sin embargo, al salir de la consulta los problemas continúan para un refugiado.

Dos días son también los que ACNUR abre su oficina en el campo, pero ellos solo nos dan promesas. Sus integrantes están un poco desorganizados y muchas veces actúan por azar. Hace días ni quisiera pudieron evitar que una mujer diese a luz en una tienda de campaña del campo. ¿No es un disparate?

Save The Children tiene un espacio permanente en el campo. Distribuyen pañales para los bebés y plátanos para niños hasta los dos años. También tiene una escuela donde están mezclados niños de 6 a 16 años. Sin embargo, en ese colegio no existe un programa educativo, así que allí los chavales casi siempre están jugando.

Hasan no quiere que su Jehan desperdicie su futuro y su máxima prioridad es que asista al colegio como cualquier otro niño.

Los días iban pasando y mi hija iba creciendo. Como kurda, Jehan no tenía derecho a asistir al colegio. Yo me había quedado ya sin futuro, pero no se lo podía negar a ella.

C.E.: Y ahora, Hasan, ¿hacia dónde te planteas llegar? Hace unos días llegaron casi 200 refugiados nuevos a nuestro país. ¿Podría ser España un buen lugar para ti?

H.: No tengo especial predilección por ningún país, lo único que pido es que allí donde vaya exista la paz. Me conformo con vivir en una casa de ladrillo. En el programa de reasentamiento poco decidimos nosotros. Hasta el momento solo han sido reubicados 9.000 de 60.000 refugiados. Quizá permanezcamos en Grecia durante años porque la lentitud de los procedimientos augura un futuro incierto, escalofriante y misterioso. Los encargados griegos de nuestro asilo político dicen que la causa de que no vivamos fuera del campo se debe a los países europeos y los países europeos echan la culpa de ello a la demora del sistema griego. ¿A quién creemos?

C.E.: ¿Qué le pides al destino?

H.: Tulin, mi mujer sigue todavía en shock y yo no puedo olvidar las calamidades por las que hemos pasado. Sin embargo, creo que la que está en peor situación es mi hija Jehan. Nació durante la guerra y no ha tenido un hogar permanente. No ha conocido la felicidad en sus días. Yo rezo por abandonar Grecia antes de que ella cumpla cinco años porque quiero que mi hija por fin vaya a la escuela. No quiero quemar más tiempo de su vida.

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