—¿Cómo es posible que este señor tenga tanta desvergüenza? —preguntó Raquel refiriéndose al presidente de gobierno mientras veía con su madre el informativo—.

—No sé por qué le tienes tanta tirria, si hasta estuvo aquí hace poco —dijo con seguridad María—.

—Mamá, ¿Rajoy pisó esta casa? —preguntó Raquel sorprendida—.

—El mismo, hija. Si hubiera sido Zapatero no le hubiera abierto la puerta —sentenció con una rotundidad pasmosa su madre—.

Teniendo en cuenta los antecedentes de don Mariano -que con tal de no enfrentarse a la prensa durante una etapa se convirtió en un holograma de sí mismo- su visita a la humilde morada de una señora de provincias se hacía más que improbable.

De hecho, esa recepción nunca sucedió. Además, no era la primera vez que María relataba algún episodio que había tenido lugar solo en su cabeza. Ahora su capacidad de fantasear era igual de inmensa que la de borrar capítulos de su propia historia.

A pesar de coser siempre retales de afecto, la vida no supo tratar como merecía a esta modista. Sin embargo, un buen día María se cansó y tramó su particular vendetta. Hizo un pacto con el “dios del olvido” para deshacerse de los malos recuerdos. Entonces borró primero de su memoria un nombre que ella misma había elegido e hizo que le acompañara al limbo otro de tres sílabas cuya simple pronunciación la había hecho estremecerse de miedo en ocasiones. Al eliminar a esas dos personas se cargó de un plumazo infinidad de sucesos angustiosos. Y al percatarse de que en su biografía comenzaba a haber hueco para la felicidad le dedicó una carcajada de revancha a la vida.

A pesar de coser siempre retales de afecto, la vida no supo tratar como merecía a esta modista.

Las consecuencias de ese pacto no se hicieron esperar. La enfermedad de Alzheimer engañó a María haciéndose pasar por una deidad que, como todas las demás, no existía. Y entonces la niebla se apoderó del cerebro de la anciana.

—Cojo el coche y enseguida estoy allí. En ese tiempo, ve preparándome unas croquetas de las tuyas. ¡Umm, ya me estoy relamiendo de gusto! ­—avisó Raquel a María una de las tantas veces que se disponía a recorrer los 166 kilómetros que la separaban de su familia—.

—Hija, que bien que estés aquí. ¡Vaya alegría que me has dado, no te esperaba! —reconoció la madre cuando vio a su hija entrar en casa—.

—¿Cómo que no me esperabas? ¡Pero si te he llamado para decirte que venía hace dos horas, mamá! —chilló histérica Raquel—.

Aquel grito aunó en un gesto toda la impotencia y frustración que Raquel estaba acumulando durante un tiempo al darse cuenta de que la mente de su madre ya no correspondía a la de aquella mujer pizpireta e independiente que le había animado siempre a cumplir sus sueños. La misma que a pesar de repetir sin cesar frases machistas negaba con su autonomía cualquier atisbo de supremacía masculina.

Los pequeños incidentes en la cocina, los despistes con el dinero, las pocas ganas de salir o la apatía en general fueron suficientes para convencer a Raquel de que su madre necesitaba estar acompañada por profesionales. Sin embargo, esos hechos no persuadieron tan fácilmente a los sanitarios. El médico de cabecera redactó a regañadientes -y al son de una retahíla de quejas de Raquel por no haber prestado atención a los síntomas de su madre- un informe en el que se leía “posible demencia o alzhéimer”. Después, llegó la lucha con los trabajadores sociales y las residencias de ancianos. Dos años más tarde de aquel diagnóstico, María se convirtió en una pasajera más de un minibús cuya última estación no era la esperanza, si no un centro de mayores donde dibujaba aún con gracia y jugaba a adivinar la palabra perdida en una frase que hipotéticamente utilizaría en su día a día.

—No entiendo por qué a esta hora se llena mi casa de gente. No hacéis más que estorbar —repetía María cuando ella y sus compañeros se reunían en la misma sala después de comer—.

Era la época en la que el desconcierto y la ira se apropiaron de la existencia de la anciana y por aquel entonces no era muy tolerante con la compañía, más si cabe, personas extrañas invadían su hogar, como ella creía.

En la mente de un enfermo de alzhéimer a veces se confunden realidad y fantasía. La ira y la frustración son sentimientos frecuentes en personas con esta patología.

Afortunadamente esa fase fue transitoria, María recuperó su buen talante, pero siguió olvidando nombres y llegó el momento que Raquel más temía. Su madre también perdió el suyo.

— Anda, dime ¿quién soy yo? —inquirió la hija—.

— ¡Qué pregunta más tonta! ¿Quién vas a ser? Pues tú —respondió María—.

—Pero, ¿cómo me llamo? —insistió Raquel—.

—Déjame en paz, pesada. Me haces unas preguntas muy tontas —zanjó la madre—.

La anciana desaprendía al mismo ritmo que aprendía el hijo de Raquel. Un niño que, a pesar de comenzar a visitar a su abuela con su familia quince días después de su nacimiento, nunca llegó a ser realmente conocido por ella.

—¿Me has traído a un muñeco? —preguntó sorprendida María a su hija la primera vez que vio al bebé—.

—No mamá, es tu nieto y se parece a ti, ¿no lo ves?

Pero, a pesar de no reconocerse, el vínculo que había entre los dos era inexplicable. El niño y la anciana solían pasar tiempo agarrados de la mano intuyendo, sin poder decirlo -los largos silencios y las cuatro estaciones de Vivaldi fueron dejando paso a las palabras- que compartían mucho más que sangre. En esos instantes, María regalaba a su nieto la luz de su propia vida, que languidecía poco a poco.

El nieto aprendía a la misma velocidad que desaprendía su abuela.

 

Atisbos de esperanza para el alzhéimer

Este post se lo dedico a mi madre y al resto del millón doscientas mil personas con alzhéimer de nuestro país. También a sus familiares y cuidadores, que sufren tanto o más que los enfermos y asisten impasibles a cómo se desdibujan las líneas de una existencia preciada. Desafortunadamente ni mi madre ni casi ninguno de esos pacientes podrán beneficiarse de los avances científicos que se están consiguiendo en la investigación del mal del olvido. Pero probablemente nuestros hijos tengan muchas menos posibilidades de desarrollarlo.

Existen numerosos libros para comprender la enfermedad de Alzheimer e infinidad de películas que se han hecho eco del tema (Still Alice, El diario de Noa, El hijo de novia, etc.), pero hay una, la de Arrugas, que posee una delicadeza extrema a la hora de explicar el tema. De hecho, en el 2012, el film consiguió dos premios Goya.

 

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