—Y dime, Virginia, ¿tú por qué te suicidaste? —preguntó una curiosa Frida Kahlo—.

Para tener por fin una “habitación propia” —respondió con seguridad la escritora—.

—Pensaba que precisamente tú, que desaparecías de casa cuando te venía en gana y tenías un marido comprensivo no tenías ese tipo de problemas —comentó la pintora—.

—Mi esposo me lo dio todo, pero la sociedad victoriana no me ofreció nada como mujer. De no haber nacido en un ambiente intelectual no hubiera adquirido conocimientos. Por no hablar de cómo viví mi identidad sexual —sentenció Woolf—.

—¿Y tus problemas mentales no tuvieron nada  que ver para que decidieses acabar con tu vida? Al parecer, no estabas muy bien de la cabeza.

—Obviamente el que padeciese bipolaridad no ayudó a que yo fuese feliz. Pero, te aseguro que fue el ambiente opresivo el que pudo conmigo.

—Imagino que en tu caso como en el mío ser coetánea de una guerra tampoco  favoreció mucho a tu estado de ánimo —comentó Clara, que veía como la dura Frida empezaba a ser cada vez más incisiva con Virginia—.

“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente” —Virginia Woolf—.

—Me parece que ese fue más bien tu problema. No fuiste capaz de sobrellevar que los explosivos de tu marido acabaran con la vida de miles de personas en la I Guerra Mundial —comentó Kahlo —. Eso no te dejaba dormir.

—Como química, yo creía ciegamente que el estudio científico obligaba a respetar la vida, pero mi esposo, Fritz Haber, olvidó esa premisa en beneficio de su reconocimiento. Y no solo eso, a mí me usurpó de la añorada “habitación propia” de Virginia —añadió Clara Immorwahr—. Desde que nació nuestro hijo, me vi relegada al hogar por mi marido y mi vida profesional terminó.

—¡Qué pena! Con lo que te costó conseguir tu doctorado en Química. Tengo entendido que fuiste la primera mujer en Alemania en obtenerlo, ¿no es así? —preguntó una hasta ahora silente Norma Jean—.

—Así fue. En aquella época las mujeres solo podíamos asistir a la universidad en calidad de oyentes. Pero, yo continué mi lucha para obtener el permiso para realizar el examen de ingreso en el programa de doctorado.

—Al menos tú pudiste asistir y quedarás para la historia como una mujer inteligente. Mis circunstancias personales (una madre esquizofrénica y un padre inexistente) hicieron que acceder a cualquier educación que no fuera fregar platos se me hiciese más que imposible —replicó Marilyn —. Y cuando quise ser una buena actriz, recibiendo clases de interpretación de los mejores, nadie me tomó en serio.

—Pero todo el mundo te recuerda. Fuiste el mito sexual por excelencia del siglo XX —apuntó Frida —.

—¿Y alguien me preguntó si yo quería ser eso? Fui un producto prefabricado con fórmula secreta, como la propia Coca-cola. Ellos querían a Marilyn Monroe, pero detestaban a Norma Jean. Preferían que no pensase porque eso daba demasiados problemas. Me querían tonta, pero no lo era y por eso sufrí tanto.

—¿Reconoces entonces que fuiste un objeto para los hombres? —inquirió Virginia Woolf—.

—Por supuesto que lo admito. Pero, no se llega a esa conclusión de manera fácil. Caes en ello cuando el éxito te encumbra, la gravedad te empuja hacia abajo y ellos te abandonan.

A la edad de 45 años, Clara Immerwahr, esposa del alemán y premio Nobel Fritz Haber, se pegó un tiro cuando en 1915 marchaba a la guerra para utilizar sus grandes conocimientos de química en matar al enemigo.

—Así que en tu caso fue el sentirme como un juguete roto lo que te abocó al suicidio —quiso saber la Kahlo—.

—Estaba sola, no era feliz en la espiral de drogas y alcohol en la que giraba mi vida, y sabía que jamás nadie me respetaría como mujer. Quise huir de ahí de una vez por todas. Y para ti, Frida, ¿qué fue lo que ganó la batalla a tu gran fortaleza?

El dolor y el amor. Los dos de la forma más absoluta y pura. Si aguanté tantos años de sufrimiento corporal fue por seguir al lado de Diego, pero al final pensé que lo mejor sería que una vez más cada uno emprendiese su camino, y el mío fue de no retorno.

—Hasta tú, una mujer de una solidez sobrehumana, autosuficiente y símbolo de feminismo fuiste esclava de un hombre que te engañaba cuando le venía en gana —le reprochó Marilyn Monroe—.

—Era consciente de que en mi matrimonio los dos no estábamos aportando lo mismo, pero con mi pintura me redimía de mis malos momentos.

—¿Qué haríais si os devolvieran a la vida en la etapa actual? ¿Volveríais a suicidaos? ¿O creéis que ya no tendríais los problemas de género que sufristeis en vuestra época —preguntó al resto de mujeres Virginia Woolf —.

—Un compatriota polaco acaba de afirmar que las mujeres deben ganar menos porque son más débiles y menos inteligentes —apuntó Clara Immerwahr—el panorama no es muy alentador ahora tampoco.

Muchos hombres matan a sus mujeres de forma violenta y dejan huérfanos a sus hijos —dijo horrorizaba Marilyn—.

En más de 120 países niñas menores de diez años son obligadas a casarse por sus familias—comentó Frida—.

—La mayoría de las mujeres siguen sin tener su “habitación propia” y aunque su valía profesional sea igual que la de los hombres, ellas se ven relegadas a puestos de menor responsabilidad —observó Virginia—.

—Sí—respondieron todas al unísono— volveríamos a acabar con nuestras vidas.

El 13 de julio de 1654 Frida Kahlofallece en la Casa Azul. La causa de su muerte fue oficialmente “embolia pulmonar”. Hubo sospecha de que hubiese sido suicidio, pero nunca se pudo confirmar. La última entrada de su diario reza :”Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

Aquél aterrador sueño provocó que me despertara empapada en sudor. El Día Internacional de la Mujer se acercaba y no dejaban de sobrevenir noticias cada vez más desalentadoras para nuestro género. Lo único que me faltaba es que cuatro de las mujeres que yo más admiraba de la historia afirmasen que volverían a desaparecer del mapa si tuviesen la oportunidad de vivir en mis días. 102, 76, 63 y 55 años han transcurrido desde sus muertes y en muchos lugares la existencia para la mujer sigue siendo igual de tortuosa que entonces.

De lo que no hablaron en mi pesadilla esas célebres hembras es de si también volverían a cometer suicidio si bajaran a la tierra en nuestro tiempo convertidas en hombres. Porque entonces su acceso a cualquier tipo de educación sería más sencillo, no se obsesionarían desde su niñez por su aspecto físico, no se probarían una y mil veces un vestido para saber si es o no susceptible de provocar a un violador. Tampoco sufrirían dolores menstruales ni molestias en los pies por los insoportables y a veces obligados tacones, ni llorarían por embarazos no deseados, ni pasarían por la falta de contratación en su edad fértil y no estarían preocupadas por su incorporación al trabajo tras su baja maternal. Es seguro que tampoco serían objeto de burlas cuando tomasen el volante de un coche ni ocasionarían extrañeza en algunos camareros cuando la cerveza y no la cocacola fuera para ellas.

A Clara Immerwahr, Virginia Woolf, Frida Khalo y Marilyn Monroe no pienso reprocharles su suicidio. Sin embargo, yo ni quiero ni me veo capaz de perpetuar un acto así. Lo que sí deseo es tener la vida de un hombre sin abandonar mi condición de mujer. Es tan solo un derecho por el que no nos queda más remedio que seguir luchando. Ponte en mi lugar.

 

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